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Alzhéimer II

Diagnóstico del alzhéimer

En la actualidad no existe ninguna prueba diagnóstica específica o totalmente fiable para diagnosticar el alzhéimer, de modo que es preciso recurrir a un conjunto de pruebas de distinta índole que permitan, en primer lugar, descartar otros tipos de demencia y, en segundo, evaluar el grado de la misma.

El primer paso que dará el facultativo que está evaluando al paciente será el estudio del historial familiar, los antecedentes personales y los síntomas que presenta el paciente. También realizará una exploración física general y una exploración neurológica.

Los estudios de neuroimagen son técnicas empleadas para confirmar una sospecha de diagnóstico en pacientes que presentan otros indicios de la enfermedad.

Mediante TAC (Tomografía Axial Computarizada) y resonancia magnética se pueden descartar lesiones estructurales como causa de la  demencia. Además, en el caso de alzhéimer, se suele apreciar atrofia de algunas estructuras cerebrales.

Es posible emplear la detección de marcadores biológicos como método adicional a los anteriormente citados. Se debe prestar especial atención si se observa una disminución en el líquido cefalorraquídeo de la proteína beta amiloide y un aumento de la proteína tau.

Tratamiento del alzhéimer

El alzhéimer es una enfermedad para la que actualmente no se conoce cura. No es posible frenar su avance ni restaurar las funciones deterioradas. Los fármacos que se encuentran en el mercado hoy en día están destinados a retardar la evolución de la enfermedad, reducir los síntomas (depresión, síntomas psicóticos, trastornos del sueño…), mejorar la función cognitiva y frenar ciertos procesos metabólicos, que se cree aceleran el proceso degenerativo.

Recomendaciones para vivir con alzhéimer

Una vez que se ha diagnosticado la enfermedad de Alzheimer comenzará un proceso muy difícil, tanto para el enfermo como para las personas que le rodean (más si cabe para estas últimas). Todo el entorno del enfermo, la casa y la familia, deberá ser reorganizado para evitar cualquier tipo de lesión, para facilitar el manejo de situaciones complicadas, y para asegurar una calidad de vida adecuada al paciente y a sus cuidadores.

Evitar caídas: hay que asegurarse de quitar todo aquello con lo que sea fácil resbalar, eliminar obstáculos que dificulten el desplazamiento, evitar que los cables arrastren por el suelo, asegurar un buen alumbramiento de las estancias, etcétera. En caso de que fuese necesario, existen andadores adaptados que se pueden conseguir en centros de ortopedia.

Evitar accidentes: es importante retirar de la circulación todo tipo de materiales cortantes, inflamables y tóxicos. Es recomendable equipar la bañera con barras que faciliten la entrada y salida de la misma, y con bandas antideslizantes. Instalar seguros en ventanas y puertas, y no dejar nunca solo al paciente en lugares como terrazas, escaleras, y otros lugares que puedan resultar peligrosos para él. Es muy recomendable tener siempre a mano el número de teléfono del servicio de urgencias o centro de salud más cercano.

Organizar el entorno: en general se debe intentar simplificar la disposición de la casa y de los objetos, no dejar nada que pueda caerse con facilidad o con lo que se pueda tropezar. Además, es conveniente no cambiar las cosas de sitio para no desorientar al enfermo. Es bueno indicar el recorrido desde el dormitorio hacia el baño y la cocina, y se pueden colocar carteles con el nombre (y a ser posible un dibujo sencillo) de estas estancias en la puerta.

Actividades cotidianas: ya desde las primeras etapas de la enfermedad se debe crear una rutina y seguirla lo más fielmente posible; lo que ayudará al enfermo a orientarse en el espacio y en el tiempo. Esto también se puede conseguir facilitando al paciente el acceso a un calendario donde este pueda ir tachando los días, elaborando una lista de actividades, o situando a la vista un reloj que el paciente comprenda (normalmente les resulta más fácil interpretar los relojes digitales).

Consejos para familiares de pacientes con alzhéimer

La familia va a vivir y sufrir con el enfermo de alzhéimer todo el progreso de su enfermedad. Los cambios que van a ocurrir a partir de este momento supondrán en muchos casos la aparición de ciertos sentimientos negativos (depresión, miedo, ansiedad, culpabilidad…), y un nivel de estrés y desgaste, tanto físico como psicológico, que van a dar lugar a lo que se ha denominado “
síndrome del cuidador”.

Para evitar que la persona que asume el papel principal de cuidador sufra este trastorno debe, en primer lugar, estar informada y recibir algún tipo de formación que la oriente en el desarrollo de su función. En segundo lugar, debe saber que dispone de ayuda siempre que la necesite, apoyo psicológico, social y familiar.

Por último, y no menos importante, el cuidador debe tener tiempo para descansar y poder realizar actividades fuera del entorno del enfermo. En definitiva, no se debe olvidar que tan importante como el bienestar del paciente es el mantenimiento de la calidad de vida de las personas que le rodean.